Ideas que toman forma.
Conceptos que construyen identidad.

Arquitecto
editorial y de
sistemas visuales


7.Óleo – Procedimiento y origen

Pintura post-digital que investiga la normalización de la imagen social mediante traducción técnica de sistemas de representación.

Pintura que investiga cómo la imagen cambia cuando atraviesa distintos sistemas técnicos.

A través del desarrollo de la obra artística comenzó a hacerse visible algo que atraviesa múltiples dimensiones de la experiencia contemporánea y que, en el campo del arte, se manifiesta con especial nitidez: una estructura de normalización perceptiva que he denominado “gran engaño”. No como entidad mística ni como conspiración cerrada, sino como hipótesis crítica. Un modo de funcionamiento que organiza lo visible mientras se presenta como natural, inevitable y único.

Mi interés no consiste en revelar secretos, sino en examinar mecanismos. Busco la verdad no como dogma ni como iluminación, sino como práctica constante de observación, contraste y análisis de sistemas. La verdad, si puede hablarse de ella, no se impone: se construye al identificar patrones, contradicciones y repeticiones.

Esta noción nombra una sospecha persistente: que habitamos marcos de interpretación que rara vez examinamos de manera consciente. Estamos inmersos en narrativas económicas, tecnológicas y simbólicas que organizan nuestra percepción sin que necesariamente percibamos su arquitectura. Cuando esa arquitectura se vuelve visible, emerge una paradoja: reconocerla amplía el campo de conciencia, pero también desestabiliza la comodidad que la normalidad produce.

No se trata de señalar culpables absolutos ni de reducir la complejidad histórica a una voluntad única. Se trata, más bien, de observar cómo las estructuras de poder han aprendido, a lo largo del tiempo, a refinar sus mecanismos de organización. Cultura tras cultura, sistema tras sistema, se repite un patrón: la edición de la realidad mediante relatos que legitiman jerarquías y distribuciones desiguales de recursos, tiempo y esfuerzo.

Lo que en otros periodos fue explícito —conquista directa, sometimiento visible, sacrificio declarado— hoy adopta formas más difusas y sofisticadas. La coerción abierta se transforma en incentivo estructural. El control externo muta en autorregulación. No porque exista una mente central coordinándolo todo, sino porque los sistemas complejos tienden a optimizar su propia continuidad.

Las mitologías antiguas hablaban de dioses que exigían tributo; las estructuras modernas hablan de productividad, crecimiento y rendimiento. Cambia el lenguaje, persiste la lógica de administración de cuerpos y energías. El ser humano, en distintos momentos históricos, ha sido tratado como recurso estratégico dentro de configuraciones mayores.

Habitamos una economía de consumo en la que no solo circulan objetos, sino atención, tiempo y deseo. Participamos activamente en los sistemas que nos organizan: consumimos y somos consumidos simbólicamente. Reproducimos dinámicas que, a su vez, nos configuran. No somos únicamente sujetos afectados por estructuras externas; también contribuimos a su estabilidad.

La sensación de inevitabilidad es, quizás, el mecanismo más eficaz. Cuando un sistema logra que sus reglas parezcan naturales, deja de ser interrogado. La normalización funciona como anestesia crítica.

Durante años examiné discursos que afirmaban poseer la verdad definitiva: doctrinas religiosas, teorías políticas, narrativas académicas, promesas tecnológicas. Al confrontarlas entre sí, descubrí que sus diferencias revelaban sus límites. El contraste permitió identificar estructuras comunes detrás de posiciones aparentemente opuestas.

Ese ejercicio se extendió a otros ámbitos —laboral, educativo, mediático— donde apareció un patrón recurrente: capturar atención, orientar deseo, organizar comportamiento. No como maldad esencial, sino como dinámica funcional de sistemas que buscan perpetuarse.

En este contexto, la libertad no puede entenderse como ausencia de sistema, sino como capacidad de reconocer el sistema en el que se participa. No es un estado automático, sino una práctica deliberada. Implica revisar hábitos, consumos y automatismos. Implica preguntarse cuánto de lo que consideramos propio responde a condicionamientos aprendidos.

Esta reflexión no surge de una abstracción teórica aislada, sino de una operación técnica concreta. El punto de partida fue invertir digitalmente una imagen y observar cómo, al convertirse en negativo, el espectro cromático revelaba una estructura alternativa igualmente coherente. La imagen no se destruía; se reorganizaba.

La pregunta fue inevitable: ¿qué ocurre cuando ese proceso se traslada al territorio material? ¿Qué sucede cuando una imagen digital invertida se convierte en pintura al óleo y luego es reinterpretada nuevamente por dispositivos tecnológicos?

De esa operación surgieron experimentos donde lo positivo y lo negativo se superponen y se traducen mutuamente. El resultado no es una imagen cerrada, sino un campo de posibilidades interpretativas. La obra deja de ser representación estable y se convierte en dispositivo.

Las Dicotomías emergen de esta tensión: múltiples trayectorias coexistiendo en un mismo soporte. Las Alteridades funcionan como registros de capas que se activan según el régimen de lectura adoptado.

En ese cruce entre lo digital y lo material, la pintura deja de ser únicamente imagen para convertirse en proceso, archivo y mecanismo crítico. La hipótesis inicial opera entonces como herramienta conceptual para interrogar cómo se construyen nuestras certezas.

No se trata de proclamar una verdad final ni de prometer una salida heroica. Se trata de introducir fricción allí donde parecía haber transparencia. De recordar que lo visible siempre depende del sistema que lo traduce.

La obra no pretende destruir estructuras, sino volverlas perceptibles. Y en esa percepción, abrir un margen —mínimo pero real— de elección consciente dentro de los marcos que inevitablemente habitamos.

Mi trabajo investiga cómo los sistemas de traducción visual (digital, industrial y matérico) modifican la condición ontológica de la imagen, proponiendo una analogía con los sistemas culturales que organizan nuestra percepción de la realidad.

Investigo cómo la repetición visual neutraliza la experiencia, y cómo la traducción técnica puede reactivar la percepción


Así como la imagen cambia según el sistema que la traduce,
también la realidad cambia según el sistema que la interpreta.

Estas piezas no ilustran los textos anteriores;
son parte del mismo proceso, desde otros lenguajes.

Alteridades


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